lunes 28 de November de 2022

«El Casco Histórico en la escuela», o como aprender a cuidar nuestra historia

por

En la escritura de “El Casco histórico en la escuela” –publicado por el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires–, han intervenido docentes y arquitectos. Por eso, claridad, sencillez y poder de síntesis caracterizan entonces a este libro que está “destinado a docentes de los niveles inicial y primario” y que “recopila experiencias realizadas por educadores de escuelas que visitaron los distintos espacios del Casco Histórico, y relata su desarrollo, metodología y conclusiones”.

El Casco Histórico de la ciudad de Buenos, como el de cualquier ciudad importante, con historia y con identidad, atesora “en igual medida la memoria y la historia de nuestro país”. Es importante delimitar el área que abarca: “La que contiene el eje cívico de la Avda. de Mayo, y el Casco Histórico propiamente dicho, con su fuerte identidad y el área de influencia definida por el Plan de Manejo del CH que incluye la totalidad de los barrios de San Telmo y Monserrat”.

Es decir, una superficie de aproximadamente 5 kilómetros cuadrados, donde se alojan 803 edificios de valor patrimonial, que representan más del 40% de los inmuebles protegidos por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, y de un lugar altamente concentrado y congestionado, donde viven 112.628 personas.

El libro recoge la experiencia, a partir de 2009, del programa “El Casco Histórico en la escuela”, con el cual se buscó crear conciencia patrimonial en niños y adolescentes, en principio desde las escuelas que están dentro del área mencionada, porque desde la escuela se puede enseñar a querer y proteger el entorno, y, sobre todo, a “respetar el espacio de otros”.

Señalan los autores del libro que “la formación de la conciencia patrimonial debe ser trabajada en las aulas desde el primer ciclo educativo, para que el patrimonio sea parte de la vida cotidiana de los niños”. Los niños, como interlocutores y trasmisores directos de este conocimiento.

Siguiendo paso a paso la experiencia de los alumnos de jardín de infantes, de los alumnos de primaria y de los docentes que se acercaron para participar ellos también del programa, se cumplen distintos propósitos. Por ejemplo, crear redes sociales que sirvan de divulgadores: vecinos, comercios, escuelas, empresas, instituciones, asociaciones. Es decir, el involucramiento consciente de todos los habitantes del Casco Histórico para reforzar el sentido de pertenencia y de compromiso ante la preservación y cuidado del patrimonio cultural.

Son los chicos de 4 y 5 años, los de las salitas Azul y Rosa, los que les abren los ojos a los adultos sobre el valor de las cosas: “Aunque algunos adornos sean viejos” igual pueden ser lindos y hay que cuidarlos.

Por eso, en este trabajo hay continuidad, pero también visión de futuro y expresión de deseos. Los docentes que participaron de las actividades relacionadas con el Bicentenario, y que visitaron la Librería de Ávila, en Alsina al 500, la Farmacia la Estrella y el café Tortoni, lo hicieron, lo dicen ellos mismos, “con otros ojos”: en mayo de 2009, pero pensando en que el Bicentenario no concluye en mayo de 2010, “sino que se proyecta en junio de 2012, en julio de 2016, y que intenta construir saberes y memorias en los chicos y las chicas, hoy alumnos del nivel inicial, que pronto serán alumnos de escuela primaria, futuros estudiantes de secundaria y formados ciudadanos argentinos”.

En el último capítulo, dedicado a los “Soportes didácticos y anexos”, hay una guía práctica de cómo repetir esta experiencia en cualquier otra ciudad de la Argentina (E-mail: cascohistorico@buenosaires.gob.ar).

Como dice el arquitecto Luis Grossman, el director general del Casco Histórico, en el prólogo del libro, fueron los actos de vandalismo contra edificios históricos los que los llevaron a lanzar el Programa que aquí se comenta. De allí que algunas de las palabras que se repiten a lo largo del texto sean: aprender (“aprender a mirar”), respetar, recuperar, preservar, disfrutar, compartir, “convertirse en artistas por un momento”, reflexionar, amar. Todas son un estímulo para que, una vez leído el libro, cada uno de nosotros, en la medida de sus posibilidades, también se transforme en un transmisor de amor y de conocimientos por nuestro patrimonio arquitectónico urbano.