Eduardo Sánchez Granel, director técnico de la Selección Nacional de Parapente, reflexiona sobre el aprendizaje ambiental, la humilde apreciación de la materia telúrica que se da en el aire y el posicionamiento de una comunidad deportiva autogestionada en tiempos adversos.
Frente al rito de un mundo robótico, el parapente ganó la lotería de perder el router. Al aprovechar las corrientes térmicas de aire y el viento horizontal que golpea contra una ladera y eleva al parapente, los pilotos desarrollan una paz profunda y un pensamiento estratégico favorecido por el contacto con la naturaleza.
El parapente constituye una de las expresiones más puras del sentido humano. Más allá del deporte, entre las nubes se cultiva la paciencia, la gratitud por la naturaleza y la sabiduría atmosférica donde, dulcemente, la máxima de Sócrates de «solo sé que no sé nada» se incrusta en la perspectiva de vida.
Surgido a finales de los años setenta en los Alpes franceses por iniciativa de escaladores y paracaidistas que buscaban optimizar su descenso de las montañas, el parapente evolucionó hacia un paradigma de eficiencia. Diseñado con telas sintéticas de alta densidad y líneas de Dyneema —uno de los materiales con mayor resistencia mecánica en relación con su peso—, hoy permite recorrer trayectos de más de 500 kilómetros utilizando únicamente las corrientes térmicas de la atmósfera.
El arte de volar
Eduardo Sánchez Granel (57 años), ingeniero civil, bailarín de tango y pianista, ejerce desde 2021 como team leader de la Selección Argentina de Parapente. Con una trayectoria consolidada como pentacampeón del Campeonato Nacional de Distancia, Sánchez Granel analiza cómo el vuelo libre aporta herramientas clave para cultivar el pensamiento analítico, la templanza ambiental y la construcción colectiva en un deporte amateur.
N+: —¿Cuáles son los aprendizajes más significativos que aporta el parapente en términos de reconexión ambiental y mentalidad personal?
—El parapente te hace respetar la naturaleza y saber estar atento, mirarla, analizarla, ser humilde. Tenés que aprender a observar el entorno, estudiar las corrientes de aire, esperar el momento adecuado para volar. Además, cuando uno vuela en zonas más apartadas o solitarias, que probablemente no conocería si no fuera por el parapente, conoce el lugar de una manera distinta de como lo conocería sin él. No sé cómo explicarlo.
—En tiempos de El Niño, ¿cómo responde la federación internacional de parapente? ¿Es un tema de conversación el cambio climático?
—Los años con El Niño hacen más lluviosa toda una zona de la Argentina y eso, en general, te puede afectar un poco las competencias: vas a tener menos días programados de competencia y menos días de vuelo. Este fenómeno está siendo un poco más húmedo de lo normal y estamos teniendo menos días de vuelo.
La clave radica básicamente en la adaptabilidad y en la maximización de las jornadas óptimas mediante un trabajo analítico preventivo, manteniendo la seguridad como prioridad operativa irrenunciable.

—Actualmente solo hay una mujer en el seleccionado de parapente. ¿Qué evidencias y desafíos persisten en términos de equidad de género?
—Existe una brecha de representación visible: aproximadamente una de cada diez practicantes es mujer, y la proporción todavía es menor en competencias. Térmicamente, el peso corporal condiciona la superficie de ala a utilizar, y cuanta más masa tiene una persona, mejor, por lo que los hombres suelen tener mayor ventaja. Aunque obviamente no limita la capacidad técnica ni la toma de decisiones estratégicas en vuelo, esta desventaja técnica es relevante.
—En un contexto donde el financiamiento estatal o patrocinado es limitado, ¿cómo se organiza la Selección Argentina para mantenerse competitiva a nivel internacional?
—El parapente nacional es 100 % amateur. Frente a la escasez de recursos, la respuesta comunitaria es la autogestión, la disciplina mental individual y la cooperación interna. Cada deportista financia gran parte de su equipamiento y viajes.
Si bien las barreras económicas representan un límite real que a veces priva a parapentistas de participar en competencias, el modelo asociativo demostró una resiliencia valorable para sostener la presencia de Argentina tanto en Mundiales como en torneos regionales.
—Pensando en el desarrollo futuro de la disciplina hacia los próximos diez años, ¿qué aprendizajes sustentan la permanencia de la comunidad?
—Es muy difícil saber qué va a pasar. Hace treinta años todos pensaban que iba a crecer un montón y a hacerse un deporte profesional, y no sucedió. Había algunos premios en plata en esa época y ahora no hay en casi ningún lugar. Más que especular con la profesionalización masiva del deporte, la experiencia histórica enseña que el verdadero valor reside en preservar la esencia del vuelo, la camaradería y la responsabilidad con el entorno.
La Selección Argentina se destaca por su alegría identitaria, las amistades y la capacidad de adaptación. El reto hacia el futuro radica en fortalecer la transmisión de conocimientos y afianzar la práctica en la cotidianidad.
En tiempos de scrolling, el parapente nos devuelve al contacto con la materia prima más poderosa para la sensibilidad humana que se da en el algoritmo de la naturaleza, el más benévolo de todos. En lo personal, al parapente lo relaciono mucho con la canción «Time», de The Alan Parsons Project, que narra que el viento fluye como un río hacia el mar y expresa algo así como el tiempo haciendo señas.



