¿Quién tiene la llave del cielo?

¿Deberíamos intentar modificar el clima de la Tierra? Y si algún día pudiéramos hacerlo, ¿Quién tendría derecho a decidirlo?

Desde hace semanas, Buenos Aires parece haber contratado el clima de Londres. Entre la lluvia, la humedad y las nubes, encontrarse con el sol se volvió casi un acontecimiento. Un rato de cielo despejado y ya dan ganas de cancelar cualquier reunión laboral y salir a aprovecharlo.

No es solamente una impresión nuestra. El Servicio Meteorológico Nacional viene advirtiendo sobre un episodio de El Niño fuerte o muy fuerte, que favorece las lluvias en distintas regiones del país. Aunque, para explicar esta seguidilla de días grises en Buenos Aires, también hay que mirar fenómenos meteorológicos más inmediatos, como los bloqueos atmosféricos.

Pero parece que no todos están convencidos con esas explicaciones.

Hace unos días, en una charla con Bauleti (Santiago Bauleti), el influencer Moski (Lautaro Moschini) y deslizó una teoría bastante particular: las nubes y las lluvias podrían estar siendo generadas deliberadamente por poderosos que quieren mantenernos enfermos, deprimidos y tontos. También puso en duda la existencia de el Niño.

No hay evidencia que respalde esa conspiración. Pero lo que sí es cierto es que hace décadas que científicos de todo el mundo investigan cómo modificar deliberadamente el clima del planeta. No para deprimirnos, sino para intentar frenar algunos efectos del calentamiento global.

Y cuanto más me meto en el tema, más me convenzo de que la discusión interesante no es si Moski tiene razón, sino otra bastante más incómoda: ¿deberíamos intentar modificar el clima de la Tierra? Y si algún día pudiéramos hacerlo, ¿quién tendría derecho a decidirlo?

El termostato de la Tierra

En junio de 1991, el volcán Pinatubo, en Filipinas, protagonizó una de las mayores erupciones del siglo XX. Expulsó millones de toneladas de dióxido de azufre hacia la estratósfera, donde se formaron partículas que reflejaron parte de la radiación solar de regreso al espacio. Durante los meses siguientes, la temperatura media global bajó alrededor de medio grado. Un volcán había conseguido enfriar temporalmente el planeta.

Pero la idea de reproducir ese efecto era anterior. Ya en 1974, el climatólogo soviético Mijaíl Budyko había propuesto liberar aerosoles en la estratósfera para contrarrestar el calentamiento global. El Pinatubo permitió observar a escala planetaria un fenómeno que algunos científicos llevaban décadas imaginando aprovechar.

Una de las propuestas de la llamada geoingeniería solar consiste, justamente, en dispersar partículas reflectantes en la atmósfera. Otras buscan hacer más brillantes determinadas nubes. No hay que confundirlas con la siembra de nubes, que intenta modificar precipitaciones a escala local: acá estamos hablando de intervenciones cuyos efectos podrían extenderse por todo el planeta.

Por ahora, nadie demostró que podamos aplicar estas técnicas a escala global de manera segura y controlable. Podrían alterar los patrones de lluvia, afectar ecosistemas y generar beneficios para algunas regiones y perjuicios para otras. Tampoco eliminan el CO₂ acumulado ni detienen la acidificación de los océanos. En mayo de este año, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió que la evidencia científica actual no permite considerar la geoingeniería solar una respuesta viable a la crisis climática.

No estamos frente a un plan B listo para usar. Pero tampoco es fácil despachar la discusión con un «jamás deberíamos investigarlo», especialmente si pensamos en un futuro donde las olas de calor sean cada vez más mortales.

Hay una novela que lleva ese dilema hasta sus últimas consecuencias: El ministerio del futuro, de Kim Stanley Robinson, publicada en 2020. Se las recomiendo mucho.

El libro comienza con una ola de calor insoportable en el norte de India. La temperatura y la humedad vuelven casi imposible que el cuerpo humano se enfríe. Se corta la electricidad, dejan de funcionar los aires acondicionados y la gente se refugia en un lago que tampoco ofrece alivio. En la ficción, mueren veinte millones de personas.

Después de esa catástrofe, India decide actuar sin esperar un acuerdo mundial. Envía aviones a la estratósfera para dispersar partículas reflectantes e intentar enfriar la Tierra. Lo que para sus habitantes podría significar evitar otra tragedia, para otros países representa una intervención sobre la atmósfera que todos compartimos.

La novela no demuestra que ese plan funcionaría. Lo que hace es ponernos frente a decisiones difíciles: ¿sería irresponsable investigar una herramienta que quizás pudiera evitar millones de muertes? ¿O abrir esa puerta nos expondría a nuevos riesgos, además de darle a gobiernos y empresas una excusa para no reducir emisiones?

No tengo una respuesta cerrada. Lo que sí me parece difícil de ignorar es que, aun si lográramos resolver los problemas técnicos, quedaría pendiente uno enorme: quién decide.

¿Quién tiene la llave?

Lo de India es ficción, pero la tentación de intervenir la atmósfera por cuenta propia ya tiene protagonistas reales.

En 2022, Luke Iseman, fundador de la startup estadounidense Make Sunsets, lanzó globos con dióxido de azufre desde Baja California, México, sin autorización. La idea era que liberaran el gas a gran altura y contribuyeran a reflejar luz solar. México respondió anunciando medidas para impedir nuevos experimentos de ese tipo en su territorio.

La historia no terminó ahí. Make Sunsets siguió realizando lanzamientos desde Estados Unidos y empezó a vender cooling credits: créditos de «enfriamiento» calculados según estimaciones propias. Para 2025 ya sumaba más de cien lanzamientos, y la Agencia de Protección Ambiental estadounidense le exigió información sobre sus actividades.

No hay pruebas independientes de que esos créditos produzcan el efecto prometido. La cantidad liberada es diminuta frente a lo que haría falta para alterar apreciablemente la temperatura del planeta. Pero resulta notable que una startup, sin esperar acuerdos internacionales, haya empezado a vender una intervención climática como servicio.

El problema habitual de la acción climática es conseguir que muchos países cooperen. Reducir emisiones cuesta dinero y exige transformar industrias, mientras que los beneficios se reparten entre todos. Cada país tiene incentivos para esperar a que los demás hagan el esfuerzo. Los economistas llaman a esto el problema del free rider: el que se beneficia sin aportar.

La geoingeniería solar podría invertir la lógica. En 2012, el economista Martin Weitzman planteó el problema del free driver: si intervenir la atmósfera resultara relativamente barato, un solo país podría decidir hacerlo sin el consentimiento del resto.

¿Pasaríamos de tener dificultades para lograr que todos actúen a enfrentarnos con la posibilidad de que uno solo actúe por todos?

Claro que barato no significa fácil, seguro ni eficaz. Make Sunsets está lejísimos de poder enfriar la Tierra. Pero el conflicto importa igual. Imaginemos que un gobierno consigue hacerlo y que una intervención pensada para evitar muertes en India termina alterando las lluvias de Bangladés. ¿Quién tendría derecho a autorizarla? ¿Podría otro país vetarla? ¿Quién respondería por los daños?

La ciencia puede ayudarnos a estimar los efectos. No puede decidir por sí sola qué riesgos son aceptables ni quién tiene legitimidad para imponerlos.

Y esto trasciende la geoingeniería. Con distintas características y escalas, la inteligencia artificial y la biotecnología también están ampliando el alcance de decisiones tomadas por un número relativamente pequeño de actores.

Estamos aprendiendo a transformar el mundo de maneras que nuestras instituciones todavía no saben gobernar del todo.

El progreso tiene dos velocidades

Solemos medir el progreso por las cosas que aprendemos a hacer: curar enfermedades, producir más energía, comunicarnos instantáneamente con alguien del otro lado del mundo. Pero hay otro tipo de avances que cuesta más reconocer. También inventamos constituciones, universidades, cooperativas y acuerdos internacionales para poder convivir, colaborar y resolver conflictos.

Las dos cosas importan, aunque no siempre avancen al mismo ritmo. Y hay un episodio de la historia de la ciencia que muestra muy bien esa tensión.

En 1974, un grupo de investigadores que trabajaba con ADN recombinante —una técnica para combinar material genético de distintos organismos— empezó a preocuparse por las consecuencias de sus propios descubrimientos. ¿Qué pasaría si un organismo modificado escapaba de un laboratorio? ¿Era responsable continuar experimentando sin entender bien los riesgos?

Fueron los propios científicos quienes propusieron detener temporalmente ciertos experimentos mientras discutían cómo hacerlos más seguros.

¿Te suena esta historia? Medio siglo después escuchamos discusiones parecidas alrededor de la inteligencia artificial: investigadores que alertan sobre sus propias creaciones, pedidos de pausas y debates sobre quién debería poner los límites.

En 1975, unos 150 especialistas se reunieron en Asilomar, California. Tras varios días de debate, recomendaron continuar gran parte de las investigaciones bajo medidas de seguridad proporcionales a sus riesgos. Sus conclusiones ayudaron a orientar las normas adoptadas en Estados Unidos al año siguiente.

Me parece notable que quienes estaban impulsando una tecnología tan poderosa se detuvieran a pensar cómo regular su propio trabajo. Pero Asilomar también tenía un límite: quienes discutieron las reglas eran, sobre todo, científicos. La sociedad casi no participó, aunque las consecuencias de la biotecnología podían afectarla directamente.

El episodio deja una pregunta abierta. Está muy bien que los expertos reconozcan los riesgos de lo que desarrollan. Pero ¿alcanza con que ellos mismos decidan cuáles son aceptables para el resto?

También tenemos que aprender a inventar instituciones

Cuando escucho hablar de innovación, casi siempre se habla de nuevas tecnologías. Rara vez usamos esa palabra para referirnos a una forma distinta de tomar decisiones, repartir responsabilidades o ponernos de acuerdo entre personas que no se conocen.

Sin embargo, buena parte de lo que una sociedad puede hacer depende de cómo está organizada. La capacidad de colaborar a gran escala no cayó del cielo: hubo generaciones que construyeron las instituciones que hoy damos por sentadas.

El problema es que las heredamos para un mundo muy distinto. Una tecnología que puede alterar un sistema compartido por miles de millones de personas plantea preguntas que ningún laboratorio, empresa o gobierno nacional puede responder por su cuenta. Pero tampoco tenemos una fórmula mágica para reemplazar las instituciones existentes.

Me interesa pensar qué pasaría si dedicáramos a estos problemas una parte de la creatividad y los recursos que destinamos a desarrollar nuevas tecnologías. No para crear de un día para el otro una especie de gobierno mundial, sino para investigar y probar formas concretas de cooperación.

En el caso de la geoingeniería, eso podría significar construir acuerdos sobre qué investigaciones se permiten y cuáles no, compartir públicamente los resultados, establecer mecanismos de vigilancia independientes y abrir espacios donde países y poblaciones potencialmente afectadas puedan participar de verdad. También habría que pensar cómo resolver desacuerdos y qué hacer cuando alguien actúe sin autorización. Un debate global donde los más poderosos conservan el derecho a decidir solos no resolvería demasiado.

Estas cosas son más difíciles de prototipar que una aplicación. Las instituciones necesitan legitimidad, confianza y continuidad. Y no tenemos una segunda Tierra para equivocarnos con el clima. Justamente por eso tiene sentido ensayar las reglas y los mecanismos de decisión antes de desplegar una intervención cuyos efectos no podamos deshacer fácilmente.

Además, gobernar una tecnología no es sinónimo de autorizarla. Una decisión colectiva razonable también podría ser no utilizarla, limitar la investigación o establecer condiciones tan exigentes que hoy no sea posible avanzar.

Hay algo que me entusiasma de todo esto: las maneras que tenemos de organizarnos no son leyes de la naturaleza. Las inventaron otras personas, en otros contextos, enfrentándose a problemas que parecían enormes. Nosotros también podemos revisar las que heredamos y crear otras nuevas.

Mientras termino de escribir, Buenos Aires sigue bajo un cielo bastante gris. No creo que haya una conspiración fabricando nubes para deprimirnos. Pero aquella teoría extraña terminó llevándome a una pregunta que sí vale la pena tomarse en serio.

Durante miles de años miramos al cielo preguntándonos qué iba a hacer. Ahora que empezamos a imaginar cómo intervenirlo, nos toca pensar qué queremos hacer con ese poder y cómo vamos a decidirlo entre todos.

INFO RELACIONADA: Llega la columna Vértigo: innovación tecnológica y soluciones climáticas

Eyal Weintraub
Eyal Weintraubhttps://jovenesporelclima.org.ar/
Eyal Weintraub es activista ambiental argentino, cofundador de Jóvenes por el Clima y coautor del libro La generación despierta. Escribe y expone globalmente sobre justicia climática, transición ecológica y el rol de la juventud en las políticas socioambientales.

Noticias Relacionadas