martes 29 de November de 2022

San Andrés: revalorizar los vínculos

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Con 174 años de historia en la Argentina, el colegio San Andrés fue siempre un ejemplo de comunidad inclusiva. Para muchos de los que transitamos sus pasillos, significó la posibilidad de entender un mundo desde la diversidad y la integración.
Si hay algo que me llevé de la época escolar fue la sensación de que si nos mantenemos unidos, todo es posible. Esa premisa se respiraba en forma transversal en cada propuesta.

Un día, hace 10 años, recibí un e-mail invitándome a actualizar mis datos para formar parte de la comunidad de exalumnos. Lo que pasó luego es puro afecto: reencuentros, apoyo del colegio frente a nuestras locas ideas de pedirles que se ocupen de las papas andinas y la biodiversidad -cuando de eso ni se hablaba-, y saber que hay miles y miles de personas que, de una manera u otra, honran el haber compartido aulas, pasillos y clases, ofreciéndose disponibles frente a una necesidad de la comunidad de su colegio.

Quiero rescatar hoy ese espíritu de generosidad que contagia esta comunidad de exalumnos, y ese efecto exponencialmente multiplicador de lo que se ha logrado en términos de solidaridad y acciones sociales a través de esta comunidad.

Esta historia comenzó con  Lila Macchiavello, una persona comprometida, quien con entusiasmo y trabajando más allá de lo que estrictamente se suponía, tenía que hacer, tejió esta red que hoy vive por sí misma.  Si no sentimos parte de un proyecto mayor, todo es posible.

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Acerca del San Andrés

La Escuela Escocesa San Andrés fue fundada por un grupo de inmigrantes escoceses que deseaba educar a sus hijos en su propio idioma, cultura y fe religiosa. El 1º de septiembre de 1838, trece años después de haber llegado abrieron una pequeña escuela en la iglesia presbiteriana de la calle Piedras 55, en la ciudad de Buenos Aires. Al principio los alumnos fueron solamente niñas, pero no tardaron en aceptar también varones.

Los fundadores buscaban integrar la fe y la práctica de la religión cristiana con la excelencia académica, considerando la educación como un instrumento de formación moral que apunta a su fin más elevado cuando no se limita a ejercitar la mente, sino se dedica a formar opiniones, predisposiciones y hábitos. Sin duda es en el carácter donde se hallan los elementos esenciales de la felicidad o la miseria humana.