viernes 04 de December de 2020

Opinión


Post pandemia: tiempo de repensar la vida en comunidad

Romper las ciudades para reencontrarnos es un imperativo del tiempo que sobreviene, para reconstruir el sentido de la comunidad basada en el equilibrio que hemos destrozado


La etapa post pandemia debe servir para reconstruir el sentido de la comunidad basada en el equilibrio que hemos destrozado

Los escenarios distópicos fueron siempre una fuente de imaginación de la que bebieron políticos y artistas para intentar dimensionar el impacto del ser humano sobre el planeta y sobre los sistemas sociales. Somos, en definitiva, animales paradojales. Tenemos en nuestro poder quizá el máximo de los poderes: la razón. Y sin embargo actuamos irracionalmente, todos los días. La pandemia quizá haya sido, en esta era de la historia, la muestra más fehaciente de que tal vez el ser humano sea más primitivo de lo que parece. ¿Cambiará algo esta profunda distopía que estamos viviendo? ¿O la máquina volverá a encenderse para seguir depredando e imponiendo un sistema que premia la maximización de la ganancia –y no solo la ganancia– por sobre todas las demás variables?

Una de las mayores irracionalidades que quedaron al descubierto son las grandes ciudades. Un modelo de habitar esta tierra que ya venía mostrando signos de colapso, pero que la pandemia llevó al extremo. Hacinamiento, contaminación, síndromes exacerbados de falta de naturaleza, violencia, marginalidad, peleas por el escaso espacio verde. Mucha gente salió desesperadamente a buscar un cambio de vida llenando de consultas los celulares de los agentes inmobiliarios del interior. Muchos otros, la mayoría, no tienen alternativa. En el medio, el sueño planificador del urbanismo se hizo pedazos frente a la cruda realidad.

Sin embargo, lo que subyace entre quienes empezaron a materializar el éxodo de las ciudades es una sensación común que podría resumirse de esta manera: “Esto, la vida, no puede seguir así”. La razón parece despertar ahí donde el humano empieza a buscar un equilibrio: una vida más apacible, otro ritmo, más contacto con la naturaleza, más comunidad en lugares más pequeños. De repente, la extensión de la Argentina, su riqueza geográfica y cultural, y la enorme cantidad de pueblos con posibilidades de repoblamiento, cobraron su verdadera dimensión. Una dimensión que estuvo atrofiada, siempre, por la magnitud de su centro económico.

En Somos Arraigo, un proyecto periodístico que dirijo junto a Candelaria Schamun, empezamos a ver este fenómeno hace dos años, cuando nos conocimos en un pequeño pueblo de mil habitantes, en la provincia de Buenos Aires. Empezamos a contar historias de todo aquello que forma parte de la vida en común de los pueblos. Vimos que muchos jóvenes habían decidido volver, luego de estudiar en la capital, cuando se dieron cuenta de que el futuro en la ciudad era un eterno “nunca llegar”, que luego se convertía en un angustioso “para qué”. También vimos que mucha gente decidía quedarse y rompía la inercia del pueblo apostando a proyectos productivos, culturales, solidarios. Y que de a poco se estaba conformando una nueva comunidad, una neorruralidad, una nueva mixtura mucho más directa, amable –pero no exenta de oscuridades–, repleta de posibilidades, en contacto con la naturaleza. Y para nada aburrida.

La llegada de la pandemia confirmó y profundizó la tendencia. Cada historia que contamos se convierte en un aluvión de mensajes y comentarios acerca de cómo escapar de la Ciudad. Afloran los miedos, la incertidumbre, los replanteos y también la valorización de las experiencias comunes, los fracasos, los aprendizajes.

Entonces, volvamos a la distopía para romperla desde el centro. Las ciudades fueron importantes para el desarrollo cultural, claro, pero también se convirtieron en el paraíso del sistema que nos trajo hasta acá, con sus lógicas extractivistas enfocadas en maximizar toda ganancia. Romper las ciudades para reencontrarnos es un imperativo del tiempo que sobreviene, el tiempo post pandemia. Romper para reconstruir el sentido de la comunidad basada en el equilibrio que hemos destrozado.

Romper para, en definitiva, volver a disfrutar de simplezas que engendran al fin y al cabo la compleja existencia.

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El autor es licenciado en Periodismo por la Universidad del Salvado (USAL), codirector de Somos Arraigo y de Almagro Revista, y colaborador de diversos medios gráficos, como La Nación, Brando, Página/12, Lugares, Alta, Forbes, El Planeta Urbano, etcétera.