martes 18 de septiembre de 2019

Opinión


Animales no humanos, la inclusión pendiente


Animales no humanos, la inclusión pendiente

Un recuerdo triste de mi infancia fue el del oso polar sufriendo el calor agobiante, una tarde de verano en el Zoológico de Buenos Aires. Peor todavía fue el hallazgo, en la fuente de la Plaza del Congreso, de una bolsa con gatitos descartados.

Años más tarde, en un hotel de las afueras de Manaos, Brasil, vi un minizoo privado con bellísimas onzas pardas y negras, de miradas inquietantes, recluidas en jaulas mínimas. Allí mismo, un guía que acababa de explicarnos que las tortugas de agua estaban en peligro de extinción, nos proponía por lo bajo un restaurante en donde preparaban deliciosas sopas de tortuga.

Tuve otras experiencias, por suerte. Vi desplegar el vuelo elegante de flamencos rosados en medio de la soledad de la Puna. Me encontré con grupos de llamas en medio de la ruta, y sus cachorros parecían de juguete.  Vi un zorro en la meseta patagónica, que huía de nuestro grupo, pero que volvió la cabeza para mirarnos de frente antes de desaparecer. También descubrí un relincho (el líder de la manada de guanacos) en lo alto de la meseta, protegiendo a sus hembras, que nos devolvía la mirada, mezcla de altivez y curiosidad. Un lagarto overo se me reveló en Iguazú, solo a mí, solo yo pude verlo. Conocí a los pingüinos juveniles mientras se bañaban en una pileta natural de Península Valdés. Navegué junto a las ballenas, contemplé el descanso de lobos y elefantes marinos. En el Instituto Butantan de San Pablo pude acariciar la piel helada de una serpiente de cascabel. También me permitieron hacerlo las carpas del Jardín Japonés de Escobar. Con mi hija ayudamos a liberar a un perro judicializado por desalojo en los Tribunales de Buenos Aires. Y recibí el premio inesperado de ver volar un cóndor en Bariloche.

Más tarde llegaron los gatos a mi vida. Con ellos convivo desde hace varios años. Son parte de mi familia. Algunos partieron, igual que los humanos. Guardo sus fotos, cuento sus anécdotas. Todos son mis hijos adoptivos, no humanos.

También llegaron a mi vida conceptos como antiespecismo y sintiencia. Comprendí que los excluidos luchan por sus derechos, pero los animales no humanos no pueden escribir manifiestos ni proclamas. Sus actos de resistencia animal suelen ser leídos como algo pintoresco: “Se escapó un toro que iba rumbo al matadero”; “Se le suicidó un gato”; “El elefante atacó al domador”. Hoy apoyo el proyecto de ley nacional contra la tracción a sangre entre otras propuestas. De a poco. Es un proceso. Es difícil la alimentación. Pero la comprensión intelectual está hecha. ¿Seguiremos explotando animales no humanos? Me refiero a jineteadas, carreras, exhibiciones, ropa, alimentos. El proceso personal y social está en marcha. Nada indica que vaya a detenerse.