jueves 20 de junio de 2019

Con «Los crímenes de Alicia», Guillermo Martínez vuelve a Oxford y a la novela policial

Graciela Melgarejo por

Los crímenes de Alicia, de Guillermo Martínez, y una novela policial que nos vuelve a Oxford

Después de haber escrito Crímenes imperceptibles (2003, premio Planeta), Guillermo Martínez eligió volver al mismo escenario, Oxford, con Los crímenes de Alicia (editorial Destino) obra que, además, lo hizo acreedor al prestigioso premio Nadal 2019 de novela, en su 75ta. edición.

Para placer de lectores y seguidores –tanto de Martínez como de la inefable creación de Lewis Carroll–, también están de vuelta el profesor de lógica Arthur Seldom y el enamoradizo estudiante argentino de matemática, listos a su pesar para enfrentarse con otro caso policial por resolver. Pero, aunque da nombre a esta novela, Alicia y el culto a la obra literaria que la tiene como protagonista, Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, son solo un pretexto en la historia para que un selecto grupo de especialistas en la obra de Carroll haya formado la Hermandad Lewis Carroll, dedicada a estudiar, comentar y profundizar cada paso y detalle de la vida del genial diácono inglés con la increíble meticulosidad de la que solo los eruditos de Oxford son capaces, entretejido todo ese excelso trabajo con los muchos secretos y mezquindades que se ocultan siempre detrás de cualquier hermandad.

Los Crímenes de Alicia, otra novela policial de Guillermo Martínez que se desarrolla en Oxford

Con una larga trayectoria como escritor, Guillermo Martínez (1962) es también matemático, se doctoró en Buenos Aires en Lógica en 1992 y posteriormente completó estudios posdoctorales en Oxford, de manera que ese ámbito, tan entrañablemente familiar, le resulta, por supuesto, ideal para desarrollar intrincadas tramas policiales en las que los juegos de lógica y lingüísticos no le van en zaga a los asesinatos que se suceden.

En Los crímenes de Alicia, hay sin embargo otro tema igualmente importante y delicado que la Hermandad se ve obligada a investigar: la marcada preferencia del Carroll fotógrafo por modelos femeninos menores de 12 años, de los cuales Alice Liddell, la protagonista de sus Alicias, fue el preferido. Las fotografías de esos niños –niñas, en su mayoría– retratados en poses muy osadas para la mirada actual, parecerían no haber molestado para nada a padres y autoridades eclesiásticas de la época victoriana. Todo estaría bien, si no fuera por que una joven becaria ambiciosa descubre la clave de una página misteriosamente arrancada de los cuadernos de Lewis Carroll, que podría cambiar en mucho todas las biografías y estudios hechos por los eruditos de la Hermandad sobre la vida y la obra del autor de las Alicias y La caza del Snark. A partir de ese momento, está dada la señal para que Los crímenes de Alicia ocurran y obliguen a la pareja de improvisados detectives a investigar otra vez por su cuenta, aunque compartan parte de sus resultados con el inspector Petersen de Scotland Yard, que no desdeña tampoco esta vez guiar la investigación de acuerdo con la lucidez del profesor y la intuición volante del joven argentino.

A medida que se desarrolla la novela, el lector de Martínez comprende que el título tiene múltiples interpretaciones. Porque, ¿cuáles serían los crímenes de Alicia? Hay un momento en que, ante una observación de Anderson, el periodista entrometido pero lúcido, el narrador es llevado a reflexionar en «esas otras fotos recientes de niñitas de un siglo después, con el estilo copiado de aquella época, idénticas en casi todo, salvo en la marca de agua del tiempo. Lo semejante oculto en lo semejante». ¿Qué es lo que oculta entonces el «aluvión de fotos», la «avalancha de fotos» que literalmente inundan la trama de la novela y a sus personajes? Tal vez, como lo declara Raymond Martin, otro integrante conspicuo de la Hermandad, están para que nadie se detenga en «la sutileza que es la verdad».

Porque la verdad, que marcha muy por delante del profesor Seldom y de su estudiante del nombre indescriptible para el oído inglés, termina siendo hasta último momento un objeto tan inalcanzable como el tiempo detrás del cual corre el Conejo de Alicia (como corresponde, también hay muchos conejos en esta novela).

Con una prosa delicadamente trabajada, que reconstruye con belleza un Oxford de ficción que tal vez coincida en el recuerdo con el que hayan conocido el autor y algunos de sus lectores, Los crímenes de Alicia merece largamente su premio Nadal y hasta más de una relectura deleitosa. Cuando se publicó Crímenes imperceptibles, el escritor de novelas policiales mexicano Elmer Mendoza escribió que era una novela que «satisface cualquier exigencia relacionada con la literatura», porque «produce un placer profundo, un placer que tiene que ver con estar vivo, y con tener la increíble posibilidad de entrar a una librería y elegir una obra maestra». Probablemente Mendoza opinaría parecido si leyera ahora esta otra novela, Los crímenes de Alicia, escrita con amor e inteligencia.