domingo 24 de septiembre de 2017

Opinión


Lecciones que nos da la literatura para chicos


Ahora que la Feria del Libro Infantil y Juvenil 2017 terminó y sus organizadores están pensando en la del año que viene, me gustaría hacer algunas reflexiones que no van a estar referidas al éxito comercial y editorial del fenómeno, sino más bien a lo que llamaría “lecciones que nos da la literatura para chicos”. Por supuesto, cuando escribo “chicos”, hablo de los niños pequeños, de los adolescentes y de lo que hoy se conoce como YA (Young Adults, por sus siglas en inglés), los jóvenes adultos o, como decíamos antes, los “chicos jóvenes”.

Delimitado el campo semántico, simplemente quiero apuntar a que el fenómeno o boom de la literatura infantil y juvenil (LIJ), que se sostiene en el tiempo y que sigue creciendo, es un hermoso espejo para empezar a leer ciertos cambios sociales profundos de los que la LIJ sería, como en el ejemplo del iceberg, solo una punta pero muy importante.

La LIJ renovó sus temas: las princesas lo son por derecho propio y ya no se sientan a la ventana del castillo a esperar que el príncipe las rescate de algún improbable peligro; por suerte, también los príncipes han cambiado y cumplen roles más interesantes que los que los estereotipos les tenían destinados. Y los ogros y los dragones aportan sugerencias y experiencias de vida que les sirven a todos (basta ver las películas de animación que, a propósito, consumimos grandes y chicos).

Yendo más en profundidad, creo lo que este fenómeno ayuda a entender es que la comunidad global necesita más que nunca nuevas respuestas para problemas nuevos; por ejemplo, el cambio climático y sus consecuencias. Esas respuestas hay que darlas desde la creatividad, la imaginación, la posibilidad de ver allí donde otros no ven y el sentido de solidaridad que entre los niños brota naturalmente, como su habilidad para dibujar.

Ojalá estemos ante una nueva Edad de Oro de la humanidad, la salida del laberinto en el que nos metimos nosotros mismos, pero esta vez basada en la infinita e inagotable capacidad de los chicos de encontrar cosas distintas y maravillosas, caracterizados como están por su también inagotable capacidad de soñar. ¿Suena pueril? No lo creo, pero tampoco estaría mal.