viernes 24 de noviembre de 2017

Opinión


Barcelona: construir la paz, la mejor respuesta


MADRID.- Qué difícil es escribir algo que no parezca redundante y, sobre todo, inútil, cuando ocurre una tragedia como la de Barcelona. Uno piensa que no servirá para nada la millonésima condena de lo sucedido. Nada de lo que hagas va a cambiar lo que ha pasado. La palabra, hay que reconocerlo, nunca ha sido un buen paliativo cuando se trata de atentados. Como mucho, sirve, y mal, de placebo. Porque por muchas palabras que escribas, la realidad del dolor, del shock, de la conmoción, es brutalmente inapelable. No hay consuelo posible para las víctimas. No hay nada que puedas escribir para que lo trágico sea menos trágico.

Claro, una vez dicho esto, el lector esperará que a continuación diga algo así como que a pesar de lo anterior, tampoco podemos quedarnos paralizados, porque entonces los terroristas han ganado. Que hay que seguir con nuestra vida, sin miedo ni odio, y blablabla. Como si no tuviéramos otra opción. No somos avestruces: si escondemos la cabeza bajo el suelo, nos ahogaremos.

Eso sí, estaría bien que nos lo hicieran más fácil algunos “miedos de comunicación”a los que parece que solo les importa el dato de audiencia, aunque sea a costa de la profesionalidad. Si se trata de que no tengamos miedo ni odio, por favor, dejen de inocularnos miedo y odio con sensacionalismo y especulación barata. Se habla mucho hoy de los bulos y falsedades que se difunden en las redes sociales. A veces señaladas con razón por medios de comunicación profesionales que, en ocasiones, juegan al mismo juego de la confusión y el amarillismo. A unos y a otros les pido que dejen de añadir tragedia a la inmensa tragedia que ya tenemos. El periodismo no es un espectáculo: es un servicio a la sociedad. Y las redes sociales no son el cuarto de tu casa. Son la calle, lo público, lo colectivo. Y todos somos responsables de este espacio compartido.

Otra cuestión más con las redes sociales. Me apena ver cómo gente muy cercana a mí hace caso de mensajes de odio difundidos en estas plataformas. Con ello, lo que hacen, sin ser conscientes, es beneficiar al DAESH, que está bien contento de que se expanda la islamofobia. Estos días está volviendo a circular por redes un interesante artículo del periodista Antonio Maestre publicado el pasado año en LaMarea. En dicho artículo dice, por ejemplo que “tras los atentados en Bruselas del pasado mes de marzo comenzó una campaña en redes sociales contra los musulmanes con un hashtag llamado Stop Islam. Pedro Baños, experto en geopolítica, afirma en conversaciones con La Marea que ese hashtag fue lanzado por DAESH para provocar que prendiera en las redes el sentimiento islamófobo como parte de su estrategia para provocar la ruptura de la zona de convivencia de los musulmanes en occidente”. En resumen, el odio alimenta el terrorismo y alimenta por tanto a DAESH. Algo muy lógico si lo pensamos. Por eso es tan importante que el odio no anule nuestra capacidad de pensar.

Debido a esta misma razón, debemos pedir más reflexión a ciertos dirigentes de la clase política. Esta mañana escuchaba a uno de ellos emplear el lenguaje bélico de manera reiterada para asegurar que estamos viviendo una guerra. ¿Quizá, por eso, sigue nuestro país vendiendo armas?, le preguntaría al responsable político. El problema es que estas armas se venden a menudo a países con sospechosos lazos con el terrorismo.  Pero cuando hay negocio, parece que nuestra mente también se obnubila, como con el miedo. Qué curioso es el ser humano.

O quizá esté equivocado y yo sea lo que llaman estos halcones un “buenista”. Seguro que los que hablan de guerra contra el terrorismo tienen razón. Quizá tuvo Bush razón cuando emprendió esta “cruzada” tras otro cruel atentado contra las Torres Gemelas. Hoy, casi 16 años después, la respuesta firme y contundente, sin buenismos, presenta unos resultados inapelables: más terrorismo islamista que nunca y brutales recortes de libertades que solo han valido para que la gente tenga menos derechos. En opinión de este buenista, la respuesta violenta solo ha creado más violencia. Bueno, para ser sensatos, también ha creado más negocio; que se lo digan si no a las empresas relacionadas con el negocio de las armas y a quienes invierten en ellas.

A menudo los inversores en el sector armamentístico son empresas que dicen ser muy responsables para con la sociedad y que incluso promueven iniciativas de RSC interesantes. Pero eso no borra la realidad de que su dinero es empleado para construir armas. Y las armas solo valen para matar. Será porque soy un buenista, pero siempre he pensado que el día en el que la guerra no sea un buen negocio, dejará de haber guerras. Lo digo pensando sobre todo en las guerras que hay actualmente en diversos países de Oriente Medio, como Iraq y Siria. Guerras que han sido muy bien instrumentalizadas por el DAESH, que sin esta escalada bélica es evidente que no se habría convertido en un actor geopolítico destacado en la zona. Guerras en las que nuestros países occidentales tienen una gran parte de responsabilidad, no lo olvidemos.

Estas guerras han creado además la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. Millones de refugiados que son víctimas de ese mismo terror que ha golpeado Barcelona. Repito, que son víctimas. En el año 2015, los países europeos se comprometieron a recibir la ínfima cantidad de 120.759 refugiados antes de finales de septiembre de este 2017. Dentro de este cupo, nuestro país se comprometió a acoger a 17.000 de estas víctimas. Pero hasta el momento, y a poco más de un mes para que acabe el plazo, solo han entrado poco más de 1000. Eso a pesar de que muchas ciudades como la propia Barcelona y también Madrid están pidiendo al Gobierno central que les deje acoger a más gente. Pero no se les hace caso. Qué falta de responsabilidad con las víctimas del terrorismo. Repito una vez más: con las víctimas del terrorismo.

Por supuesto, los únicos culpables del terrorismo son los terroristas. Dejo esto bien claro por escrito porque ahora se confunde cualquier análisis meramente crítico con una justificación. Los terroristas son los que matan. Nosotros somos las víctimas. Como los refugiados, que también son víctimas, insisto de nuevo. Dicho lo cual, sí que podemos hacer cosas para que la situación mejore. No porque las personas de a pie seamos culpables de nada, sino porque creo firmemente que el mundo puede cambiar a mejor, pero no lo va a hacer por sí solo. Por este motivo, para mí lo importante no es que sigamos con nuestras vidas como hasta ahora cada uno de nosotros, como individuos aislados y tomados de uno en uno. Sino que empecemos a implicarnos como sociedad, colectivamente, en la tarea de construcción de un mundo en el que quizá no sea imposible, pero sí más difícil que pasen tan terribles sucesos como los de Barcelona.

Por ejemplo, podemos construir la paz si no nos dejamos manipular por el mensaje del odio del que se benefician los propios terroristas. Y si además no apoyamos los argumentos de quienes dicen que esto es una guerra, como si no tuviéramos ya bastante con casi dos décadas de “guerra contra el terrorismo” que no han servido para nada bueno. Igualmente podemos demandar a las grandes empresas que dejen de fabricar armas o de apoyar a quienes las fabrican. Y por supuesto, debemos seguir exigiendo nuestro derecho a acoger. Precisamente porque no tenemos miedo y porque queremos seguir siendo tan humanos como éramos antes del terror.

La Constitución de la Unesco dice en su preámbulo que “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Construir esos baluartes es la mejor respuesta frente a quienes quieren sembrar guerra y odio en nuestras mentes. Luego, además, sigamos con nuestras vidas.