miércoles 18 de julio de 2018

Mark Twain y su última novela, “44. El forastero misterioso”, ahora en Tusquets

Graciela Melgarejo por

Mark Twain y "44. El forastero misterioso"

¿Quién no ha leído alguna vez una novela o un cuento de Mark Twain? Hasta los que son muy jóvenes hoy deben de haber sido persuadidos en alguna oportunidad por padres, tíos o abuelos entusiastas para regocijarse con la lectura de Las aventuras de Tom Sawyer, Un yanqui en la corte del rey Arturo, Príncipe y mendigo o, la mejor para mi gusto -que es el de los estadounidenses también, porque la consideran la gran novela americana del siglo XIX-, Las aventuras de Huckleberry Finn.

El estadounidense Samuel Langhorne Clemens, conocido por el seudónimo de Mark Twain (1835-1910) fue escritor, orador y periodista, y se hizo conocido en 1865 con la publicación del cuento La célebre rana saltarina del condado de Calaveras.  Esta 44. El forastero misterioso fue su última novela -editada ahora por Tusquets en la colección Rara avis que dirige Juan Forn, con traducción de Esther Cross-, trabajó en ella de forma periódica de 1897 a 1908, y murió poco tiempo antes de verla publicada. De manera que leerla es reencontrarse en un todo con el Mark Twain que conocimos y, también, con el otro MT.

“Twain reformuló la novela que estaba escribiendo: ahora no hablaba del Diablo sino sobre lo Obscuro, aquello que yace en el fondo de todos nosotros, lo que vemos y lo que no vemos de nosotros mismos”, precisa Juan Forn en su magnífico prólogo.

Aunque estuviera viejo y descreído de casi todo al momento de escribirla, Twain no puede sino recurrir a su humor socarrón para narrar las aventuras de un grupo de impresores y aprendices de impresores (“discípulos del diablo”, porque en inglés se les dice printer’s devil) en un castillo en Austria, y hay descripciones brillantes y alocadas de lo que puede ocurrir cuando el diablo o quienquiera que sea este 44 mete la nariz, la cola y la pata. A veces, la única manera de luchar contra la angustia de existir es el humor y el querido Mark practicó esta forma de la salvación toda su vida.

Las obras últimas de los grandes artistas, como es este caso, casi siempre nos obligan a hacernos preguntas dolorosas y existenciales. Aquí, en el final de esta gran novela o cuento largo, el narrador ya no sabe si lo que ha vivido fue todo un engaño sobrenatural o es que ocurrió en su imaginación. Porque nunca los dioses -o el Diablo y sus aprendices- manejan nuestras vidas, sino que somos nosotros mismos los creadores de tanta confusión:

“Mi espíritu recibió una sutil inspiración de su espíritu. Y con ella llegó una sensación imprecisa, confusa pero colmada de optimismo y confianza: esas palabras increíbles podían ser ciertas -y quizá fueran ciertas.

-Nada existe -continuó 44-. Todo es un sueño. Dios, el hombre, el mundo, el sol, la luna, la vastedad de las estrellas: son un sueño, no existen. Nada existe, salvo el espacio vacío… y tú”.