viernes 24 de noviembre de 2017

La educación, en la base del nuevo paradigma

Tomas Horton por

Comienzo mi columna de hoy con esta frase del filósofo colombiano Bernardo Toro [1], que estuvo recientemente en Buenos Aires, porque en las nuevas economías y en las nuevas formas de hacer negocios -y en definitiva de relacionarnos entre nosotros y con el planeta- la educación juega un rol fundamental, único. Dice Toro:

“Nuestra educación está hecha para generar transacciones ganar-perder. En ese sentido, todos los sistemas de excelencia son por naturaleza excluyentes, a no ser que sean totalizantes: la excelencia solamente es buena si es para todos. Justamente porque no podemos parar de producir y consumir, todos debemos aprender a realizar transacciones ganar-ganar para evitar la desigualdad.”

Por eso, Toro plantea que necesitamos aprender los valores y comportamientos “ganar-ganar”, los mismos que planteaba el genio matemático John Nash, en contraposición a los comportamientos “ganar-perder”, arraigados en la sociedad desde principios de la ideología económica-capitalista clásica y que generan desigualdad.

En contraposición, los comportamientos ganar-ganar crean, además de riqueza, una disminución en la inequidad, y nos ayudan a producir y consumir bienes útiles. ¿Suena conocido, no? Justamente eso es lo que se plantean las nuevas empresas de triple impacto de las que tanto hablamos en NOTICIAS POSITIVAS.

¿Cómo y dónde aprendemos esos comportamientos ganar-ganar?

Hay distintos espacios de socialización: la familia, la calle y los grupos de amigos; las organizaciones barriales y clubes; la escuela y la universidad; el trabajo y las empresas; las organizaciones intermedias; las organizaciones políticas; las iglesias; los medios de comunicación; las redes sociales, e Internet.   

Para Toro, en la calle, con los grupos de amigos, “aprendemos a interactuar con los que no conocemos”. Me quedé pensando en mi experiencia personal, de haber vivido prácticamente desde que tengo uso de razón y hasta los 21 años en un barrio cerrado, y de haber estudiado desde el jardín de infantes hasta terminar el secundario en instituciones privadas. Inmediatamente relacioné mi experiencia personal con otra frase de Toro: “Los sistemas de excelencia son por naturaleza excluyentes”. En definitiva, yo crecí y me eduqué en sistemas que se postulaban como de excelencia. Hoy, creo que, cuando una sociedad se divide de forma tan tangible, es difícil lograr que genere personas empáticas y que sepan conectarse con quienes no conocen. Por el contrario, creo que esta división produce un círculo cerrado que no es sano.

Quizás por eso decidí estudiar en una universidad pública, a sabiendas de que iba a ser un camino más largo y sinuoso. Quizás por eso decidí viajar tanto como pueda, conocer otras culturas, y quizás por eso decidí salir de la famosa “burbuja”. Hoy no me imagino viviendo de nuevo en un ámbito cerrado, en donde los chicos crecen con una noción tergiversada de la realidad, con una sensación de superioridad que no es sana. Quizás por eso a muchos de esos chicos que nunca quisieron o pudieron salir de la burbuja les cuesta encarar la realidad, porque les es ajena, distante, irreal. Pero más importante aún: quizás por eso a esos chicos (y luego a los adultos en que se transforman) les cuesta tanto adoptar los valores y comportamientos que plantea la filosofía del ganar-ganar, que inevitablemente deriva en un mundo más justo y mejor para todos.

Toro agrega: “Los niños que crecen con vínculos fuertes tienen menos chances de caer en extremismos: un niño que está con sus padres más tiempo tiene menos probabilidad de caer en la droga o el crimen. Para cultivar ese vínculo las familias deben viajar juntas, comer juntas, llorar juntas, trabajar juntas, reír juntas, entre otras cosas”. Esta frase me tocó en lo personal, me sentí muy identificado con la forma en que me vinculé y me sigo vinculando con mi familia. Creo que acierta cuando pone los vínculos familiares en primer lugar, y en mi caso fue ese vínculo el que me permitió ser la persona que soy hoy, y no quedar preso de la realidad en la que me tocó crecer. Sin su apoyo, su empuje para que no me quede en la comodidad, y su guía para que conozca y acepte otras realidades, para que salga a conocer el mundo, hoy quizás seguiría en la burbuja.

Pero no todo es negativo. Existen sobradas muestras, sobre todo en países europeos y en los países nórdicos, líderes en este tipo de pensamiento, de que la filosofía del ganar-ganar puede ser exitosa. Depende de nosotros, como individuos y como comunidad, adoptarla y fomentarla. Hoy, más que nunca, ya no es un reclamo netamente social, sino que el mismo planeta en el que vivimos nos lo demanda, cada vez con mayor fuerza y agresividad. Lo positivo es que el camino y las formas las conocemos, y los recursos los tenemos a disposición. El cambio depende de cada uno de nosotros.

Cierro la columna con la máxima de Bernardo Toro para lograr el bien común: “Hagamos lo que hagamos, si lo que hacemos contribuye a hacer posible la vida digna de la gente y a cuidar de los bienes ecosistémicos del planeta, nuestra actuación siempre será ética y cumpliremos con el ganar-ganar”.

[1] Bernardo Toro es filósofo, magíster en investigación y tecnologías educativas, responsable en Colombia de la Fundación Avina, y miembro del Consejo Internacional del Instituto Ethos de Brasil, entre otras actividades.