martes 21 de noviembre de 2017

Ángel Faretta, “Viajeros que huyen” y la Argentina entre 1963 y 1973

Graciela Melgarejo por

Mucho es lo que se ha escrito, en el campo del ensayo e incluso en el de las memorias, sobre las últimas décadas de la historia de la cultura argentina. Sin embargo, estaba faltando una obra de ficción: una novela, precisamente la que escribió Ángel Faretta y que acaba de publicar La Bestia Equilátera, que lograra abarcar, de 1963 a 1973, esos años de culminación cultural de Buenos Aires y, por extensión, del resto del país. Esta década tan particular está narrada a través de un grupo de personajes del ámbito de la publicidad y del arte, que trabajan y crean alegremente sin saber que están cada vez más cerca de lo que habría de ser uno de los enfrentamientos entre hermanos más cruel de los 200 años de vida de esta nación.

NOTICIAS POSITIVAS invitó al estudio de Radio Palermo al autor de Viajeros que huyen, y Ángel Faretta explicó cuáles eran las razones de haber escrito esta obra justamente ahora:

N+: -Esta novela, Viajeros que huyen, que tiene una cita de Alfredo Lepera en la segunda parte -“Pero el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar”- está situada en una década muy especial.

AF: -Fue una década prodigiosa, para bien y para mal. Creo que fue la década en la que la cultura argentina, el ser argentino, la Argentina, llegó a una suerte de ápice, y ahí empezó lamentablemente a declinar.

-Hubo un estallido cultural con el Instituto Di Tella; los personajes de esta novela participan de él.

-Hice el eje en una agencia de publicidad, porque también uno de los temas en los que culturalmente era fuerte la Argentina era la publicidad, era como una suerte de foco de atracción de gentes que también escribían, se dedicaban al cine y a todo ese tipo de cosas. Yo creo que aun superficialmente, aun en lo frívolo, la cultura argentina en ese momento llegó a una verdadera cima.

-¿Por qué, entonces, entre 1963 y 1973? Este grupo de amigos, de gente que trabaja junta, ¿qué características tienen para vos, desde una perspectiva histórica hoy?

-Todos los personajes son argentinos con apellidos italianos y judíos. Son los descendientes de primera o segunda generación de lo que yo llamo la segunda ola de inmigración europea -la primera, obviamente, fue la española, española vasca-, que hizo de este país, al menos en un momento, un país europeo transatlántico. Fue la inmigración italiana y en gran parte la judía que, por sus características muy especiales, le dieron mundanidad: la Argentina llegó a ser, ya lo venía siendo desde la Generación del 80, la única cultura moderna, o de la modernidad que no es exactamente lo mismo, de todo el mundo iberoamericano. Y llegó a esa suerte de cima y cuando eso ocurre uno tiene que bajar o se marea.

-En una charla previa, Ángel decía que él también quiso mostrar una parte, la gran parte de la sociedad argentina, que estaba como entre dos polos.

-Creo que no se escribió, al menos que yo sepa, la historia de la generación del 60, la gente que era veinteañera o treintañera en los 60, que estaba en ese estallido que fue el 73 en un lugar intermedio, porque toda la masacre y lo que vino después era el 5 por ciento de la población matándose contra el otro 5. Yo quise escribir sobre la historia simbólica, épica, del otro 90 por ciento, que parece que no había tenido voz, y generalmente las novelas, o lo que se escribió sobre esa época, tenían un condimento faccioso, ya venían con una suerte de toma de posición de antemano, de uno u otro lado, y curiosamente el 90 por ciento de los argentinos quedó sin historia. Traté de cubrir ese espacio.

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-El narrador de tu novela, que lo conoce todo, tiene una mirada muy distanciada, y aun en los momentos de enorme tensión -porque la realidad se va inmiscuyendo también para estos personajes tan entretenidos en sus propias vidas-, siempre la prosa es clara, sencilla, va llevando al lector. Fue deliberado, obviamente.

-La época era agridulce. Entre tantas cosas que enseñó Hitchcock, una es que no se puede ser horrendo todo el tiempo. La vida no es siempre horrible, pero no es siempre graciosa. Y además la época era muy divertida. Entonces quise recrear ese clima que tenía la época, con muchas posibilidades, muy amplia, con muchos horizontes abiertos y también con algo que ya empezaba a agrietarse, si puedo usar un neologismo bastante cercano. Tal vez fue el comienzo de una grieta que mis personajes no percibían del todo porque se divertían mucho.

-¿Y por eso elegiste el género novela?

-Si fueran memorias, naturalmente caería en algún tipo de toma de posición. Ensayo creo que se ha escrito demasiado y todavía es muy cercana la época. En cambio, la novela permite esa libertad, está relacionada con lo mítico y puede mover las contradicciones. Uno puede dudar, volver atrás, hacer como una suerte de subibaja.

-Aquí, en NOTICIAS POSITIVAS, hablamos siempre de cambio climático, de cómo mitigar el cambio climático. Y, sin querer traspolar demasiado, me da la sensación de que también la cultura en la Argentina necesita hoy su etapa de mitigación.

-Sí, porque ha sufrido mucho. Precisamente, en esa década que va de principios de los 60 a comienzos de los 70, hubo otro “cambio climático” en la Argentina, pero de cambio de clima mental, de clima intelectual, de clima sexual. La sexualidad cambió mucho -con la píldora- y hubo todo un mundo que comenzó entonces.